Marina Quintero: traficante de sueños

Por Noelia Trujillo, Alejandra Ironici, Emmanuel Theumer

El 8 de mayo de 2020, en plena pandemia y aislamiento social obligatorio, murió Marina Quintero, la primera activista trans de la Provincia de Santa Fe y una referente indiscutible de la región del litoral argentino. Había nacido en Santa Fe el 30 de noviembre de 1962. Cuando era muy chica perdió a buena parte de su familia y en un escenario de complejas vulnerabilidades precipitó como activista por más de quince años. Una mateada en su casa bastaba para poner a torsionar espiraladamente los cuerpos hacia demandas colectivas por los derechos de la diversidad sexual y de género.

Créditos: Maiquel Torcatt/ Aire de Santa Fe

Marina, como ella misma ha relatado, estaba hecha de sufrimientos, una experiencia que la hizo madera de roble para politizar colectivamente su propia vida. A los nueve años fue encerrada, bajo un mandato judicial, en un albergue de menores por su “condición homosexual”. Allí se hizo amiga de Marta, quien la bautizó como Marina e inició su transición de género. Hacia 1980 se exilió en Brasil donde conoció exclusivos saberes subalternos de la noche y la prostitución.
Tras su vuelta a la ciudad de Santa Fe, antes que los carnavales o las fiestas, fue el trabajo sexual el que le permitió hacerse de amigas en un contexto altamente represivo en la plenitud de la democracia. La persistencia de los códigos de faltas habilitaban un poder de policía persecutorio que la llevaron a estar incontablemente privada de su libertad y bajo todo tipo de vejaciones.

“La cárcel nos unía, una junta a otras. Cuando caíamos, éramos todas una sola”, recordaba la Quintero. Una de las pocas fotos de su juventud, que atesoraba con orgullo, era precisamente producto de una razzia policial. La obtuvo gracias a la recuperación de su expediente localizado en la entonces oficina de Moralidad Pública.

Un giro en la vida Marina vino de su encuentro con la médica feminista Flavia del Rosso, alrededor de 2004. Le permitió diseñar las primeras estrategias de acceso a la salud para travestis/trans y articular con feministas de la Asociación Palabras y la organización barrial Manzanas Solidarias. En esos encuentros gestaron un evento del que participaron cerca de ochenta compañeras en el que fundaron la Asociación Mujeres y Travestis (AMyT) de la que fue elegida presidenta, “la cara visible”. Marina solía recordar con carcajadas la venta de empanadas que armaron para recaudar fondos y alquilar un flete, “con un muñeco de chongo”, que las llevó a todas amontonadas al punto de encuentro.

AMyT, con probabilidad, fue la primera organización travesti y de mujeres de la región, una original articulación en relación al resto del país. Desde allí focalizaron la lucha en mecanismos de acceso a la salud y la disputa por la descriminalización de sus identidades. La Quintero entabló vínculos con la CTA y la feminista e integrante de HIJOS, Lucila Puyol, que fue crucial para demandar al Estado por detenciones arbitrarias, abusos y coimas policiales.

La disputa por la derogación de los códigos de faltas – que perseguían a personas por su identidad y expresión de género, orientación sexual y oferta de servicios sexuales- fue coordinada con AMMAR-Rosario, VOX, entre otras organizaciones, y se extendió hasta 2010, meses antes de la aprobación del matrimonio igualitario. Con su derogación, muchas travas conocieron el centro a la luz del día, pudieron ir más tranquilas a comprar el pan o un atado de puchos en la despensa de la esquina.

Esos años no fueron nada fáciles. Marina recordaba cómo la Policía les apuntaba con armas mientras trabajaban. Su casa fue baleada. Una madrugada fue violentamente golpeada a patadas mientras era arrastrada de los pelos a lo largo de una cuadra. Su amiga, Coty Olmos, referente trans barrial y víctima de transfemicidio en 2015, fue severamente fracturada por la Policía santafesina. Estaba en juego la caja chica de los taqueros, la que juntaban “coimeándolas” para no llevarlas detenidas o reducir el tiempo de encierro.

Marina acorralaba estos duros recuerdos con otros activados durante esta primera etapa militante. Desde AMyT organizaba copas de leche para lxs niñxs del barrio y no dudaba en aclarar que lo solventaba con dinero recaudado ejerciendo la prostitución. En San Agustín y luego Yapeyú, en los cordones de la ciudad, su casita fue un centro de aprendizaje, acompañamiento, resistencia, parentesco. Tras las ruinas dejadas por la crisis del 2001 y los desastres de la inundación, desde ese hogar una pequeña llama se encendía para todas las travas, maricas y tortas santafesinas. Una llama que aún nos resulta palpable.

Cuando AMyT entró en cierto desgaste, Marina fue invitada por ATTTA (Asociación de Travestis, Transexuales, Transgéneros de Argentina) para ser delegada de Santa Fe. En esta etapa pulió sus vínculos con otras organizaciones LGBT+ y el INADI, durante la lucha por el matrimonio igualitario y, especialmente, el reconocimiento de la identidad de género. Organizó campañas de firmas para el tratamiento parlamentario de la ley de identidad de género, participó de espacios de formación, además de confeccionar una lista para impulsar amparos judiciales. “No me quiero morir con mi nombre de hombre” sintetizó en ocasión de una reunión con legisladorxs.

Viendo sucumbir a muchas de sus compañeras, nunca dejó de batallar para garantizar el acceso a la salud de las mismas. No son pocas quienes la recuerdan como la que andaba con la motito repartiendo forros, avisando de centros de salud amigables y distribuyendo bolsones de alimentos. La sanción de la ley para ella marcó un antes y después. Pero aún quedaba mucho pendiente.

Marina trazó las directrices de un proyecto de reparación histórica para víctimas de la violencia institucional, una idea que, conforme a los archivos de prensa local, ya es posible rastrear en sus días por AMyT. Este proyecto resonó sobre sí misma cuando, en 2018, fue oficialmente reconocida por el Estado provincial como víctima de la persecución desplegada durante la dictadura cívico-militar por su identidad de género. Sus últimas fuerzas, afirmaba, quería entregarlas a la lucha por el cupo laboral trans-travesti y el aborto legal, seguro y gratuito. Pero la muerte, que aquí optamos por problematizar en términos de travesticidio social, golpeó su puerta.

La práctica de la nostredad

Podría afirmarse que Marina practicó esa “nostredad”, la construcción de puntos de unión reconociendo diferencias, de la que habla Marlene Wayar y lo hizo a través de una articulación multisectorial: agrupó a travestis y trans, les facilitó lenguajes disponibles para poder reorganizar su experiencia vital (la exigibilidad de derechos, la noción misma de identidad de género) sumando a sus filas a maricas, lesbianas y feministas.

Chapeando como la referente de una organización de alcance nacional como ATTTA, interrogó las políticas públicas del Estado en materia de salud, trabajo, vivienda, educación participando de variados consejos asesores. También interpeló a la Universidad, donde integró proyectos de extensión y peleó por el cambio curricular y el ingreso de personas trans. Y empapó de realidad situada a las vecinales barriales y a un amplio arco de representantes políticos municipales, provinciales y nacionales.

En Marina funcionaba lo trava “pegando el portazo cuando lo creía necesario” (por decirlo con Camila Sosa Villada). Ella misma se jactaba de la efectividad de sus reclamos en ciertas oficinas estatales. Pero también lo trava funcionaba como “posibilidad de encuentro, de recreación de vínculos permanentes” (Wayar, una vez más). Esa era la Marina que a las cinco de la tarde, la hora en que comienza el día para muchas de las que viven de la zona roja, te esperaba con un guiso para luego tener una capacitación en su casa. Marina puso su cuerpo para una práctica radical de cuidados sin eufemismos de salón: muchas la reconocen como una madre que brindó un techo cuando las familias heterosexuales te expulsaban. Al mismo tiempo, crio varixs “hijxs de corazón”, en un contexto de pobreza estructural junto a su marido, Jorge.

Aguerrida. Corajuda. Sobreviviente. Amiga. Furiosa. Prostituta compañera. Mãe practicante de Umbanda. Activista críticamente disidente. Retobada. Sorora. Agente de salud. Madre travesti. Tejedora de coaliciones. “Una energía que no sabemos de dónde la sacaba”. Todo eso y más. En una de sus últimas entrevistas, la Quintero hizo suyas las palabras de una de sus mentoras, Claudia Pía Baudracco, reafirmando que “si tuviera que volver a vivir, me gustaría vivir trans”. Quizás aquí radique parte de su lección magistral: una intensa traficante de sueños comprometida en hacer posibles y deseables nuestras formas de vida. Ella supo activar la potencia de las orugas, haciendo surgir las alas y poniéndonos a volar siempre junto a otrxs.

Marina Quintero: mientras los santos te envuelven, toca cultivar tu continuidad, jalar los hilos de la memoria y traerte a nuestra imaginación política. Expandir la huella que dejaste en cada unx de nosotrxs, en las luchas abiertas y por venir.

Créditos: Maiquel Torcatt
Créditos: Maiquel Torcatt/  Aire de Santa Fe

 

Agradecemos a Presentes, Cosecha Roja y La Tetera por difundir esta semblanza. Asimismo, la gentileza de Maiquel Torcatt/ Aire de Santa Fe por ceder las fotografías.

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